/mkalmanovitz
Viernes 29 de Abril de 2011
El egoismo de la felicidad

 

En el centro de Otro año hay una pareja felizmente casada. Qué cansona la felicidad ajena. Qué insoportable.

Tolstoi dice algo relacionado en la primera frase de Anna Karenina (“todas las familias felices son parecidas; cada familia infeliz es infeliz a su manera”). Quizás sea la misma idea que lo asalta a uno después de ver la película de Mike Leigh: que la felicidad es monótona, falta de carácter, un vacío más que una llenura.

¿Pero será especialmente irritante en esta familia tan aburguesada, tan a gusto, tan civilizada? Lo que vemos es una felicidad que da nausea, empalagosa y exhibicionista, irresponsable de quienes los rodean, ebria de su sosería, de su sosez, de su insipidez.

En "Another Year" (Otro Año) pareciera que la felicidad conyugal de la pareja madura (él ingeniero geológico, ella, sicóloga y asistente social) es cosa mezquina y pequeña, se preocupa de sí misma y de nada más.

Empieza con pistas falsas esta película. Empieza con una señora de mirada dura y labios tensos (la increíble Imelda Stauton, que había hecho ya Vera Drake con Leigh) que va algún centro médico-burocrático buscando que le receten o le regalen pastillas para dormir. Que no duerme hace tiempo, dice. Cuando le piden que diga su recuerdo más bonito no se le ocurre nada.

Es un personaje tan real y tan vívido, tan duro y atormentado, que al ver el resto de la película queda uno pensando su razón de ser. Porque es totalmente innecesario: aparece en las dos primeras escenas, no más. Es como si Leigh quisiera contrastar un personaje real, amargo y duro, con la blandura que se nos viene encima, con el bienestar aburguesado ensimismado y autocomplacido que veremos durante el resto de Otro año.

Acá podemos volver a Tolstoi. Efectivamente, la felicidad ajena carece de interés. Aunque no, no es cierto. Sí es interesante, pero sólo por su solipsismo y egoismo. No en sí misma, digamos.

La película sigue a esta pareja durante un año. Tienen un hijo que es como ellos: regordete, feliz, enquistado en alguna burocracia diseñada para ignorar el sufrimiento que pasa por sus ventanillas.

La indolencia de esta felicidad la vemos en su relación con una compañera de trabajo de la mujer, una señora amuchachada, una cuchacha, llamada Gerri (una actuación increíble de Ruth Sheen) que no termina de encontrarse bastante más allá de los 40.

Su fragilidad y aislamiento, su vida de mierda, de ilusiones siendo destrozadas, nos invita a sentir una compasión y una ternura que la pareja feliz es simplemente incapaz de sentir, preocupados como están por defender su castillito y su bienestar conyugal de cualquier amenaza.

Es una película dura y no muy clara, desconcertante a ratos. Porque Leigh es un crítico sutil y, al salir de la película, es difícil saber qué quería que pensáramos de esta pareja tan feliz. ¿Sería una oda a esa felicidad otoñal de unos sesentones que encontraron un lugar sólido y bueno en el mundo para pasar ahí, protegidos, sus últimas décadas?

¿Será que el Mike Leigh ácido e inclemente de los 70s, de Abigail’s Party, se ablandó tanto? ¿Puede un diamante convertirse en masmelo?

Pero no. Después de pensarlo diría que no.

Porque ahí está la señora de mirada dura que no podía dormir ni recordar la primera memoria feliz de su vida. ¿Acaso no estaba ahí para recalcar lo soso que era lo que seguía? Y ahí está la tristeza y desvalidez de Gerry, buscando refugio con sus amigos para ser rechazada por atentar contra esa tranquilidad arduamente construida, poniendo al descubierto el corazón mezquino que hay en la felicidad de esta pareja.

¿No es todo eso consecuente con el Leigh de antaño, que señalaba que las aspiraciones burguesas ‘civilizadas’ terminaban siendo de lo más bárbaro?

Leigh no ha cambiado. Es verdad que su filo se ha vuelto más disimulado pero sigue letal. Es todavía un diamante, sólo que aprendió a disfrazarse de masmelo para, como diría un lobo mutante, “atragantarte mejor”.



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COMENTARIOS

5 Mayo - 1:47 pm

Me la veo entonces.